miércoles, 2 de febrero de 2011

Ciudad de arena


La ciudad de arena de la que hablo es un lugar que aparece en sueños. Esta ciudad es así, toda de arena, casi impalpable. Se ven unos edificios blancos, como cuadrados enormes llenos de ventanitas; hay cinco o siete, uno al lado del otro, todo cercado por un alambrado. No hay calles ni gente, sólo arena, el cielo es limpio, el sol pica fuerte y enceguecedor. No hay mar, estoy yo sola. Del otro lado del alambrado, mirando hacia los edificios, espero que llegue algo, que no sé qué es, pero espero. Y está esa calesita de mi infancia, que gira lento, como empujada por el viento, toda desvencijada, pintada de celeste oscuro, con la madera podrida; gira vieja y pesada. En el horizonte se ve cómo el viento sacude apenas la arena del piso. El sol pega constante sobre los edificios y todo es muy premonitorio; yo sigo sentada del otro lado del alambrado mirando la infinidad de ventanitas, como si pudiera contarlas con los dedos.
Si logro dormir esta noche, quiero salir de donde estoy sentada y ver la forma de traspasar el alambrado; buscar a alguien, hablar con alguien, no quiero ésta soledad de arena y sol. Quiero encontrar niños y componer la calesita, poner cortinas de colores a las ventanitas.
Lo único seguro es que, cuando entro en sueños, aparezco en la ciudad de arena. Y en incómoda soledad veo pasar el tiempo.
¿Nunca te sentaste a esperar que pasara algo? Entonces habrás visto pasar el sueño en forma de tiempo, el monótono engranaje de la calesita y el tedioso resonar de la luz sobre la arena; los edificios que no cambian, el tiempo se infla como una esfera que aniquila. Desesperante. Pero sigo sentada del lado del alambrado, siendo al mismo tiempo ese tiempo que no se cuenta con los dedos.

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