miércoles, 23 de febrero de 2011

Onírica del 13 de febrero

Hace unas noches que no puedo recordar sueños, acaso por el brusco despertar en las mañanas, el acostarme tarde en las noches, lo precipitado que se ha tornado todo estas últimas semanas. Por algún tiempo creí que los sueños nos determinaban o presagiaban cosas, o eran impulsadores para reflexionar. Ahora que sé que los sueños pueden ser interpretados por otras personas, ha perdido sentido, tal vez, un poco, arrancar algo útil de mi oniria. Otros. Nosotros mismos no somos suficientes para nuestra propia interpretación.

Hay un carnaval en las calles y observo cómo preparan una murga. Estoy parada con las manos al costado del cuerpo, me siento como sapo de otro pozo, esperando que me digan qué hacer. El carnaval se prepara en la Plaza Arenales y hay gente llevando cajas de todos los tamaños, maderas de todos los anchos, telas de colores; hay para mi gusto, un movimiento de demasiadas cosas. Todos traen materiales desde la casa de mamá hasta la plaza. Vos estás en el corso. Azul está disfrazada. Hay clima de fiesta, música muy alegre. De pronto, alguien me da una pandereta electrónica, pero no sé tocarla, es más, jamás he visto una pandereta electrónica, y la tengo en las manos y la miro, y los miro pensando qué hago, cómo se toca, pero me responden con sonrisas y estirando el mentón, así, dale, dale, tocá, pero es una pandereta electrónica, y todos esperan que haga algo. No sé las canciones. No sé cómo llegué hasta ahí, pero estoy parada en el escenario tratando de entender ¿qué es una pandereta electrónica?

Una semana después de este sueño, estábamos con Azul en el carnaval, y vos en la murga.

viernes, 18 de febrero de 2011

Onírica del 13 de febrero

La noche del 13 de febrero, pude recordar cuatro de los cinco sueños que vienen a mi cabeza cada noche. Este es el segundo y quedó rumeando en mis pensamientos por dos motivos: porque aparece mi hija y una amiga que conocí en el neuropsiquiátrico y porque otra vez hay una figura de gelatina.

Azul y yo estamos en la habitación en la planta alta de la casa en Devoto. Miramos por la ventana que da a las vías del Urquiza. Estamos apoyadas en el marco verde de la ventana mirando hacia la calle, las vías, los árboles brillantes en la noche, la luna, hablamos casi en susurros, como para no despertarme a mí, que de este otro lado, sueño. Sueño entonces que todo se torna frágil. La pared empieza a aflojarse, como si fuera de gelatina, el cemento se vuelve inestable y los ladrillos caen a nuestro pies haciéndose escombros, como trozos de budín entre mis pies y los suyos. "Corré, hija, correte que se cae todo, andate para atrás".
En medio del desmoronamiento, N.V. me envía un mensaje al celular, quiero atender ya porque tal vez puede ser una emergencia, tal vez N.V. quiere matarse otra vez. Pero no puedo responderle, ahora no entiendo el celular, olvidé cómo se usa, me desespero. N.V. estará esperando un respuesta y esta mierda que no entiendo. Quiero avisarle que me espere, que ya voy para allá.

domingo, 13 de febrero de 2011

Onírica del 28 de enero

Hay una fiesta. Hay gente por todos lados. La mesa está tendida, son mesas chicas pero puestas en fila una y una y una más, hay casi ocho, cuento ocho, pusieron esos manteles de plásticos con flores, estilo italiano inmigrante, mala estética, hay botellas, vasos, platos, cubiertos. Ya hemos comido y es una sobremesa bulliciosa, han corrido las sillas de madera, ahora  todo está alborotado, no se distingue quién es quién. Estoy con mis padres y mi hermano. Llevo un vestido largo y soy más alta que todos los que están allí, llevo el pelo suelto, muy largo. Estoy muy preocupada, tensa, angustiada. De pronto, alguien grita. Me sube la fiebre y mis padres me sacan de allí para que no vea. Tengo que irme más allá de la fiebre, tengo que ir a trabajar y no quiero llegar tarde. No quieren que vea lo que está pasando, y yo me agacho, meto mi cuerpo abajo de una de las mesas y una rata está devorándose a mi feto, tal cual lo vi, color cemento, con sus bracitos y sus puernitas formadas, incluso los ojos, negros, como el vacío, y quiero arrancárselo a la rata, pero mi hermano me tironea del vestido y logra sacarme, mi fiebre sube, todo me da vueltas. Estoy llorando y la rata ya tiene mi feto en su estómago. Pero tengo que ir a trabajar. Mi hermano me pide cosas, cosas que no tengo, no tengo nada. Me saca a la calle y me dice que corra a la estación porque voy a perder el tren. Ya llego tarde, muy tarde para todo. Se desata un diluvio espantoso y llevo bajo el brazo libros y papales.
Llego. Todo llega mojado. Yo estoy empapada viendo los libros y papeles arruinados. Nada sirve. Y llegué demasiado tarde.

lunes, 7 de febrero de 2011

Insomnio de agosto de 2010


Esta noche no puedo dormir. Imagino un poco el mundo a revés. Tal vez las aves hayan aprendido a nadar, Hayan recobrado la memoria. Un poco de agua verde sobre las piedras. Deambulo parada sobre el sol.
Si las cosas fueran al revés yo no sería tan rara.
La vida. Necesito mirar las hojas volando, empujadas por el huracán; no puedo escribir si no las veo. ¿Qué hago parada sobre el sol? No puedo hacer ruidos. El insomnio es privado.
Un punto en mi hueso filtra la luna en gotas leves y constantes. Mi piel desnuda. Mis hijos. Recuerdo a todos mis hijos. El mismo desdén que me sugieren me lleva a pensar que ya no son míos. Tirados por caballos de papel.
Han pasado a penas cinco minutos, pero mi cabeza ha dado la vuelta entera tres o cuatro veces.
El insomnio me detiene en la contemplación del tiempo. Contemplar ahuyenta el sueño. Necesito dormir algún día de estos, tener un sueño. Pero no hago nada. Mi bocota suelta las palabras, pero no me escucho, y se me agota la energía por la boca. Sólo hablé y hablé durante horas con mi cabeza sin dejar de fumar. ¿Qué hago? Nada. No hay nada que yo haga. Cada leve día siento que puedo devorar al mundo, a los hombres, las palabras. Es tan fácil ser un imán.
El insomnio acabará conmigo, y dejo, por alguna razón, que me inmovilice los brazos al costado del cuerpo, que guarde mis manos en el cajón de las bombachas, que me quede quieta donde estoy, perdón ¿y si le pica la espalda? Shhh, quietita ahí. No puedo hacer nada, pero mi cabeza sigue a una velocidad que me da vértigo. O me muero de fastidio por la picazón de espalda, o se me revienta en cuatro la cabeza.
Estar lleno de todo y no tener nada. Tengo tiempo, ideas, palabras, pero estoy paralizada desde hace días por el insomnio. Ni un mísero sueño. Algo, una señal de que no he sido sepultada en el conciente de la realidad.
La vida te puede pasar por arriba, o te pasa por el costado.
Insomnio. Trato con la botella, y se van metiendo ahí todos mis sueños. Termino el litro y le pongo el corcho. Insomnio. Todos los sueños encerrados en una botella.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Ciudad de arena


La ciudad de arena de la que hablo es un lugar que aparece en sueños. Esta ciudad es así, toda de arena, casi impalpable. Se ven unos edificios blancos, como cuadrados enormes llenos de ventanitas; hay cinco o siete, uno al lado del otro, todo cercado por un alambrado. No hay calles ni gente, sólo arena, el cielo es limpio, el sol pica fuerte y enceguecedor. No hay mar, estoy yo sola. Del otro lado del alambrado, mirando hacia los edificios, espero que llegue algo, que no sé qué es, pero espero. Y está esa calesita de mi infancia, que gira lento, como empujada por el viento, toda desvencijada, pintada de celeste oscuro, con la madera podrida; gira vieja y pesada. En el horizonte se ve cómo el viento sacude apenas la arena del piso. El sol pega constante sobre los edificios y todo es muy premonitorio; yo sigo sentada del otro lado del alambrado mirando la infinidad de ventanitas, como si pudiera contarlas con los dedos.
Si logro dormir esta noche, quiero salir de donde estoy sentada y ver la forma de traspasar el alambrado; buscar a alguien, hablar con alguien, no quiero ésta soledad de arena y sol. Quiero encontrar niños y componer la calesita, poner cortinas de colores a las ventanitas.
Lo único seguro es que, cuando entro en sueños, aparezco en la ciudad de arena. Y en incómoda soledad veo pasar el tiempo.
¿Nunca te sentaste a esperar que pasara algo? Entonces habrás visto pasar el sueño en forma de tiempo, el monótono engranaje de la calesita y el tedioso resonar de la luz sobre la arena; los edificios que no cambian, el tiempo se infla como una esfera que aniquila. Desesperante. Pero sigo sentada del lado del alambrado, siendo al mismo tiempo ese tiempo que no se cuenta con los dedos.

martes, 1 de febrero de 2011

Oniricón

Alguien dijo alguna vez, que no hay cosa más aburrida que el relato del sueño de los otros. Nadie tiene el ojo del otro. El ojo ve lo que se sueña, o acaso el ojo sueña lo que ve; polaroids del inconsciente que ocupan, ciertas veces, la mayor cantidad del tiempo despierto.
Nadie despierta desde el ojo del otro.